Monday, December 16, 2013

El camino lo es todo

Viajar por carretera tiene un encanto especial. En realidad es algo que he ido aprendiendo a apreciar. Muchas veces nos dejamos llevar por el estrés del viaje: a dónde ir, qué llevar, en dónde parar; además de las cosas que naturalmente afectan como el sueño, el cansancio y el hambre. Pero si aprendemos a lidiar con todas estas cosas que nos distraen, se abre todo un mundo de posibilidades.

Después de la maravillosa experiencia de presenciar un campeonato mundial de luge, seguimos nuestro camino. Ya era de noche y yo iba manejando. La ruta cambió de nuevo. Esta vez nos dirigíamos a Moab, Utah. Durante todo el camino se veía el reflejo de la luna sobre el desierto cubierto de nieve. El cielo estaba algo nublado, pero aún así se podía ver el resplandor de la luna, y no sólo eso, también estrellas fugaces. Yo crecí en la ciudad y la primera vez que vi una estrella fugaz tenía 16 años y salté y grité de la emoción. Desde entonces cada vez que veo una me emociono mucho. Ir manejando de noche tan atenta del camino que se llegan a ver estrellas fugaces, le da un toque de emoción al camino. Llegamos a Moab algo tarde y cansados. A la mañana siguiente despertamos, desayunamos y decidimos quedarnos una noche más. La última semana en Monterey y los días antes de iniciar el viaje fueron muy pesados y en realidad no habíamos tenido oportunidad de descansar como se debe. El hotel estaba muy bonito, casi no había gente y estaba a dos minutos de Arches National Park. Nos tomamos el día con mucha calma. Alrededor de la una de la tarde fuimos al parque. Me encantaría poder describirles la magia de un desierto nevado, pero lo más que puedo hacer es mostrarles las fotos que tomé. Valió toda la pena del mundo desviarnos un poco para verlo. Casi no había gente, o sea que prácticamente sólo estábamos Ben y yo enfrente de esa inmensidad. Paramos en varios puntos del camino dentro del parque para contemplar las formaciones y sólo bastaba cerrar un instante los ojos para sentir la paz que sólo el desierto da. No se oye más que el viento pasar. Después al abrir los ojos te encuentras con esculturas naturales que nunca imaginaste ver. Una de nuestras paradas fue en un lugar que se llama Double Arch. Ahí pudimos estacionar, coche y caminar al arco, incluso lo escalamos. Nunca en mi vida había estado en un lugar así. Es toda una experiencia.

Cerca del atardecer emprendimos el camino de regreso al hotel. Llegamos a la hora exacta para ver la luna ponerse detrás de las montañas mientras el sol del atardecer tocaba la cima de las mismas. A veces la vida se trata del momento exacto. Tomamos una siesta, cenamos y nos dormimos. Hoy nos tomamos la mañana con calma de nuevo a como a las once empezamos camino, y claro no falta una buena carcajada. En medio del desierto, en algún momento en el que Ben estaba buscando una estación de radio con buena música, se hartó y me dijo que pusiera lo que quisiera. No lo hubiera hecho. En cuestión de segundos encontré a Juanga y su famosa canción “Hasta que te conocí” a la que canté a todo pulmón. Fue muy chistoso. Más adelante el camino nos llevó a través de las rocallosas. Había partes que parecía que íbamos viajando dentro de un cuento de Navidad: montañas cubiertas de nieve, un tren que pasaba junto a un río. Hermoso. Por si eso fuera poco me tocó ver cimarrones y plantas rodadoras. La clave está en saber apreciar el camino.


Todo el día fue de carretera hoy. La luna fue nuestra fiel compañera en la noche. Finalmente llegamos a Wyoming, un estado en donde nunca había puesto un pie que nos recibió con vientos de 50 millas por hora y una noche clara.



















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