Viajar por carretera tiene un encanto
especial. En realidad es algo que he ido aprendiendo a apreciar. Muchas veces
nos dejamos llevar por el estrés del viaje: a dónde ir, qué llevar, en dónde
parar; además de las cosas que naturalmente afectan como el sueño, el cansancio
y el hambre. Pero si aprendemos a lidiar con todas estas cosas que nos
distraen, se abre todo un mundo de posibilidades.
Después de la maravillosa experiencia de
presenciar un campeonato mundial de luge, seguimos nuestro camino. Ya era de
noche y yo iba manejando. La ruta cambió de nuevo. Esta vez nos dirigíamos a
Moab, Utah. Durante todo el camino se veía el reflejo de la luna sobre el
desierto cubierto de nieve. El cielo estaba algo nublado, pero aún así se podía
ver el resplandor de la luna, y no sólo eso, también estrellas fugaces. Yo
crecí en la ciudad y la primera vez que vi una estrella fugaz tenía 16 años y
salté y grité de la emoción. Desde entonces cada vez que veo una me emociono
mucho. Ir manejando de noche tan atenta del camino que se llegan a ver
estrellas fugaces, le da un toque de emoción al camino. Llegamos a Moab algo
tarde y cansados. A la mañana siguiente despertamos, desayunamos y decidimos
quedarnos una noche más. La última semana en Monterey y los días antes de iniciar
el viaje fueron muy pesados y en realidad no habíamos tenido oportunidad de
descansar como se debe. El hotel estaba muy bonito, casi no había gente y
estaba a dos minutos de Arches National Park. Nos tomamos el día con mucha
calma. Alrededor de la una de la tarde fuimos al parque. Me encantaría poder
describirles la magia de un desierto nevado, pero lo más que puedo hacer es
mostrarles las fotos que tomé. Valió toda la pena del mundo desviarnos un poco
para verlo. Casi no había gente, o sea que prácticamente sólo estábamos Ben y
yo enfrente de esa inmensidad. Paramos en varios puntos del camino dentro del
parque para contemplar las formaciones y sólo bastaba cerrar un instante los
ojos para sentir la paz que sólo el desierto da. No se oye más que el viento pasar.
Después al abrir los ojos te encuentras con esculturas naturales que nunca
imaginaste ver. Una de nuestras paradas fue en un lugar que se llama Double
Arch. Ahí pudimos estacionar, coche y caminar al arco, incluso lo escalamos.
Nunca en mi vida había estado en un lugar así. Es toda una experiencia.
Cerca del atardecer emprendimos el camino de
regreso al hotel. Llegamos a la hora exacta para ver la luna ponerse detrás de
las montañas mientras el sol del atardecer tocaba la cima de las mismas. A
veces la vida se trata del momento exacto. Tomamos una siesta, cenamos y nos
dormimos. Hoy nos tomamos la mañana con calma de nuevo a como a las once
empezamos camino, y claro no falta una buena carcajada. En medio del desierto,
en algún momento en el que Ben estaba buscando una estación de radio con buena
música, se hartó y me dijo que pusiera lo que quisiera. No lo hubiera hecho. En
cuestión de segundos encontré a Juanga y su famosa canción “Hasta que te conocí”
a la que canté a todo pulmón. Fue muy chistoso. Más adelante el camino nos
llevó a través de las rocallosas. Había partes que parecía que íbamos viajando
dentro de un cuento de Navidad: montañas cubiertas de nieve, un tren que pasaba
junto a un río. Hermoso. Por si eso fuera poco me tocó ver cimarrones y plantas
rodadoras. La clave está en saber apreciar el camino.
Todo el día fue de carretera hoy. La luna fue
nuestra fiel compañera en la noche. Finalmente llegamos a Wyoming, un estado en
donde nunca había puesto un pie que nos recibió con vientos de 50 millas por
hora y una noche clara.



Hermosa historia e imágenes. Que aventura. Besos.
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