Saturday, December 14, 2013

La belleza de la espontaneidad

Estoy perfectamente consiente de que las oportunidades que se me han presentado en la vida han sido únicas y que soy inmensamente afortunada, incluso privilegiada. Supongo que yo he cooperado bastante, pero no doy nada por sentado. Ayer, decidimos avanzar un poco más en el camino. Pero nada de lo que hicimos estaba planeado ni previsto desde un principio. De camino a Lake Tahoe el jueves, pasamos por un lugar que se llama Squaw Valley en donde se celebraron las VII olimpiadas de invierno. En la mañana antes de salir Ben hizo un poco de investigación y decidimos ir a Park City, en donde se celebraron las olimpiadas de invierno del 2002. Ben compitió en ese lugar y sabía que había un museo y averiguó que hay visitas guiadas a los saltos y a las pistas. Salimos un poco más temprano con la idea de llegar a la visita guiada de las tres de la tarde. A lo largo del camino nos acompañaron paisajes que te dejaban sin aliento. Pero hubo algo que no tomamos en cuenta: el cambio de horario. Ya me había emocionado por la visita, pero mientras más avanzábamos, más me resignaba a que no íbamos a llegar. Finalmente llegamos a las tres en punto. Bajamos corriendo y nos dijeron que no había visitas guiadas ese día, porque había una competencia, pero que si queríamos podíamos subirnos en el camioncito al punto de partida de luge de las mujeres. Salía en 10 minutos. Salimos corriendo al carro a por guantes, gorro y un par extra de calcetines y nos subimos al autobús. De camino me enteré que se trataba del campeonato mundial de luge. Me entró una emoción inmensa. Desde que me acuerdo he amado todo tipo de deportes, aunque reconozco que de los deportes de invierno sé muy poco. La primera vez que esquié tenía 17 años. Hasta ahora sigo sin creer que tuve la oportunidad de ver a las atletas de todo el mundo (Austria, Rusia, Suiza, Canadá, Estados Unidos...) participar en una auténtica competencia mundial. Llegamos al punto de partida y caminamos, pasando y deteniéndonos en cada una de las curvas para ver a las atletas pasar. Casi no había gente, y eso hizo que la experiencia fuera mil veces mejor. Cuando terminó fuimos a ver los saltos de esquí y había un equipo nacional practicando. 

Nada de esto estaba planeado y hasta ahora ha sido la mejor experiencia que me ha tocado. Sí, la belleza de la espontaneidad es lo que le da sabor a la vida.

















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