Después de la maravillosa oportunidad de coincidir decidimos acercarnos lo más posible a Chicago. Dormimos en un lugar llamado Rockford en un hotel bastante extraño en el que sólo te daban shampoo y despertador si lo pedías. La hora de salida del hotel era aún más tarde que la de cualquiera de los anteriores y se nos ocurrió que era muy buena idea aprovecharla. Así que salimos del hotel a medio día para "desayunar". Tuve la intención de visitar a una amiga que vive en Chicago y, hasta después de desayunar, ese era el plan. Pero no contábamos con la astucia del tráfico de la ciudad. Es curioso, después de pasar tanto tiempo en medio de la nada, llega uno a la ciudad y se siente bien de estar de nuevo en la "civilización" (sí, estamos muy mal acostumbrados y muy consentidos). Pero esto de la "civilización" trae consigo elementos que nos toman por sorpresa. Estaban arreglando una de las carreteras y nos tardamos dos horas en recorrer un tramo que en teoría nos debió tomar veinte minutos. Ya era bastante tarde. Mi amiga me dijo que si íbamos a verla nos iba a tocar mucho más tráfico al tratar de salir de la ciudad, así que decidimos no ir a verla, con la esperanza de verla pronto en otro lugar. La verdad es que no tengo idea si fue una buena decisión o no, lo que sí sé es que nos tardamos cinco horas en cruzar Chicago, y por si alguien tiene la duda: no, no es una ciudad tan grande, ese tramo normalmente lo hubiéramos hecho en 2 horas, máximo 3, en total.
Después de tanto tiempo en el coche decidimos avanzar lo más que pudiéramos, pero el viento estaba soplando muy fuerte y nos encontramos con otro atorón de tráfico porque se había volteado un carro. Decidimos ir a cenar antes de estar sentados en el coche sin avanzar. Al terminar de cenar el atorón seguía, y peor, según google. Así que decidimos tomar una ruta alterna para ahorrarnos las horas de tráfico, y lo logramos. Manejamos hasta que no pudimos más y llegamos de madrugada a Richmond, una ciudad cerca de la frontera entre Indiana y Ohio. Estábamos muertos y no tuvimos mucha suerte con el hotel otra vez. En fin, empezamos a bajar las cosas del coche, y los que me conocen se estarán preguntando ¿cómo es que ha pasado tanto tiempo sin que me pase algo? Pues efectivamente, no podía terminar este viaje ilesa. Estoy terminando de convencerme de que es una cosa genética. Mi papá era algo torpe, siempre se daba golpes en el coco: se le atravesaba frecuentemente una cajuela, un librero, puerta... etc. Por consecuencia yo soy torpe, pero mi punto débil son las rodillas: se me atraviesan frecuentemente las mesas, escritorios, escalones....etc. Era de madrugada y no había mucha luz en el estacionamiento. Como buena mujer práctica puse en mis manos, brazos y hombros todo lo que pude para dar menos vueltas al coche. Por supuesto había un poco de nieve y hielo en el camino y no vi un pedazo de hielo que estaba en un escalón justo donde se me ocurrió poner el pie. Pisé, me resbalé y como antes raspada que soltar lo que traía en las manos (mi diccionario sin el que no puedo vivir, una caja con recuerdos de mi papá, entre otras cosas) caí con todo el peso sobre las rodillas. No quiero contarles lo que me dolió, pero igual respiré, me levante y continué mi camino para terminar de descargar lo necesario. En realidad no pasó a mayores, solo tengo un rasponcito en la rodilla derecha y un moretoncito en la izquierda. Pero a esas horas de la madrugada, después de un día tan largo... bueno termina de acabar con tu paciencia. Pero fue un día no tan bueno entre mil muy buenos.
Dormimos unas horas y tratamos de salir a buena hora para llegar a Philadelphia, primer destino de este viaje. Este día pasó sin mayores acontecimientos y llegamos sanos y salvos a casa de los papás de Ben que nos recibieron con una deliciosa cena.
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